En algunos momentos de la vida aparece una sensación difícil de explicar.
No hay una crisis evidente, pero tampoco hay calma. Algo se ha movido en tu interior y ya no te sientes como antes.
Muchas personas llegan a este punto preguntándose:¿Por qué me siento así si no ha pasado nada grave? ¿Por qué me cuesta tanto orientarme ahora?
En muchos casos, lo que se está viviendo no es una crisis, sino una transición vital.
Cuando la vida cambia de forma silenciosa
No todos los cambios llegan acompañados de grandes rupturas o acontecimientos dramáticos. Algunos se manifiestan de manera más sutil:
- una etapa que pierde sentido
- una identidad que ya no encaja del todo
- decisiones que antes eran claras y ahora pesan
- un cansancio emocional difícil de justificar
Externamente, la vida puede seguir funcionando. Internamente, algo se está reorganizando. Ese movimiento interno es la transición.
Qué diferencia una crisis de una transición
Aunque a veces se confunden, crisis y transición no son lo mismo.
Una crisis suele vivirse como una ruptura abrupta que desborda los recursos disponibles. La sensación dominante es de urgencia, colapso o pérdida de control.
Una transición, en cambio, es un proceso más gradual. No siempre hay un antes y un después claros, sino un entre.
En una transición:
- lo anterior deja de sostener
- lo nuevo aún no se define
- y la persona necesita reorganizarse internamente
No porque esté fallando, sino porque está cambiando.
Por qué las transiciones generan confusión
Las transiciones vitales no afectan solo a las circunstancias externas.
Remueven algo más profundo: la forma en que nos percibimos, nos orientamos y tomamos decisiones.
Cuando estas referencias internas se mueven, la claridad habitual puede desaparecer temporalmente. Aparece la confusión, el bloqueo o la sensación de estar en pausa.
No es una señal de incapacidad. Es parte del proceso de ajuste interno.
El error habitual: tratar la transición como un problema a resolver
Ante la incomodidad, es frecuente intentar “arreglar” la transición cuanto antes.
Pensar más.
Decidir rápido.
Forzar claridad.
Sin embargo, una transición no se resuelve como un problema técnico.
Se atraviesa.
Requiere espacio, comprensión y un marco que ayude a ordenar la experiencia interna antes de actuar.
Reconocer la transición cambia la forma de atravesarla
Cuando una persona puede nombrar lo que está viviendo como una transición vital, algo se ordena.
La exigencia disminuye.
La experiencia cobra sentido.
El proceso deja de vivirse como un fallo personal.
Reconocer la transición no significa quedarse detenida, sino avanzar desde un lugar más consciente y coherente.
Cierre
Nombrar lo que estás viviendo como una transición vital cambia la forma de atravesarlo. Disminuye la autoexigencia y abre un espacio más claro para comprender y decidir.
Algunas personas eligen acompañar este proceso de forma individual, contando con un espacio profesional que les ayude a ordenar la experiencia interna y avanzar con mayor coherencia.
Otras prefieren un método estructurado, que les permita recorrer la transición a su propio ritmo, con claridad y conciencia.
Si este texto resuena contigo, puedes explorar ambas opciones y elegir la que mejor encaje con tu momento actual.